El Guerrero

Campeones En El Ring septiembre 15, 2013 0
El Guerrero

Por Gerardo Pereyra

Resiste a su muerte la noche. No decide retirarla el rey.

Antes que nada suceda, pone sus plantas en tierra un hombre.  Hoy piensa que solo dará un paso en busca del destino final. Sí, porque busca una luz, que al día se esconde. “La imposible” le dicen.

No hay imposible se dice, y calza su gorro entre nubes de vapor, una luz tímida lo alienta a salir. Hoy es un día que acerca, solo si quiebra una gélida inercia de luna.

Todo se traslada y él debe hacerlo sin pausas, sin pensarlo siquiera, sin mirar al cielo y sobre todo sin bajar la frente.

Bajo la lengua se esconde la queja, y tras dientes apretados no dejará una huella, no se podrá rastrear dolor o sufridas sílabas de lamento. Eso se lo ha prometido a si mismo.

Retumban en su cabeza cada uno de los pasos, voces  lo circundan  como bordes de una vía. Todo pasa por delante fugaz, dibujan caminos las alas de un carroñero y un murmullo roedor cercano al agua, aviva su marcha. Sonidos del mundo que se despierta solo, casi con él.

Es un saludo, compañía de deseos. Esos firmes, los lejanos, los esquivos. Todos aquellos que lo hacen erguirse en cada mañana, los que mueven sus pies, los que cierran sus puños, los que aprietan su boca, los que lo despiden con un baño de sudor en cada jornada.

Solo las manos cubiertas esconden hazañas y sentidos relatos.

¿Cómo ha llegado a su sitio de lucha y pasión?

Solo las manos, que esconden por veces secretos de un rostro sin marcas, de todas las batallas. Surcos que el tiempo quisiera trazar.

El cuerpo joven y las manos tensas. Las manos se atreven, inquietas, castigadas, y empujan.

No hay otro modo, la gloria es esquiva a los esfuerzos livianos, a los movimientos pesados y los corazones pequeños.

Lo sabe, lo piensa, se muerde, y el dolor que no existe si lo ven extraños, si tan solo se acercan miradas de asombro o de admiración.

Para una lucha le bastan los golpes.

Para la gloria son necesarios, junto a la boca seca y la frente empapada. Con los ojos abiertos pisar a los llantos y despegar las vendas de heridas  nuevas y revisar las viejas. Tapar otras, y además alzar muy firme la vista escondiendo la voz.

Sí, otras  manos no deben, no pueden sostener un instante la carga. No hay otras manos.

Si todo es perfecto una cintura que sonríe, la de un solo ojo, se quedará para siempre con él.

Se quedará la gloria, que convierte a todas las causas en justas. Que hace a la memoria veloz y cercana.

Los ojos atentos y el pensamiento que es único. No podrán el oro ni el tiempo, que dicen lo es, detener el paso del hombre indicado, el que no se escabulle ni mira hacia atrás.

Desde una semana hasta varios meses, la cuenta se pierde y queda un rastro de aquello que fue. El cincel y el mármol siempre fueron pares, pero en esta roca no se talla con hierro, tan solo con fe.

Adelanta sus pies, los inquietos, la mirada se clava en un punto fijo y ya nada podría cambiar. Un ruido de voces y música dura, se encarga de llevarlo como si volara. Llega  hasta una alfombra que del suelo despega y lo hace flotar.

El guerrero se apronta. En este lugar nadie puede, es su ley. Si fuera preciso entregar la vida, no necesita el reclamo hacia él.

Campanas que suenan, declaran la veda al sonido y el pasaje rápido a una acción feroz.

Remolinos oscuros de una noche densa, sobre su cabeza no logran posar, el guerrero hambriento se agazapa y rápido decide atacar. Su andar felino lo conduce pronto sobre lo que un fantasma podría ser.

Detenido el tiempo y el aire de caja, estallan de cristal sus muros y una multitud ahora visible otorga al guerrero su corona y paz.

Las dolidas manos que golpeaban bolsas, son pared que ocultan las lágrimas y elemento único del abrazo eterno.

El que siempre soñó el guerrero, el que solo ahora se atreve a dar.

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