La historia del futuro campeón que se equivocó

Campeones En El Ring diciembre 30, 2013 0
La historia del futuro campeón que se equivocó

N.R.: ESTA HISTORIA FUE ESCRITA POR LUIS FEDERICO SERNA DEL DIARIO TIEMPO ARGENTINO EN JUNIO DE ESTE AÑO EN EL MARCO DE LOS TALLERES DE PERIODISMO QUE EL MENCIONADO PERIÓDICO BRINDA EN EL PENAL DE EZEIZA, DONDE EL PROTAGONISTA DE LA NARRACIÓN PERMANECEPRIVADO DE SU LIBERTAD.

EN EL FINAL DE LA MISMA, EL COLEGA ROBERTO PARROTINO VISITÓ EN EL DÍA DE AYER LAS INSTALACIONES Y VOLCÓ UNAS LÍNEAS SOBRE LA SITUACIÓN DE EZEQUIEL, FIEL OYENTE DE CAMPEONES EN EL RING RADIO.

Necesito. Tengo la profunda necesidad, y es irresistible para mí, de escribir acerca de Ezequiel.

Ezequiel es un pibe que no llega todavía a los 25 y se encuentra privado de la libertad hace ya un par de años. Es un pibe de barrio bajo, un muchacho de los que sabe lo que es tener que sobrevivir haciéndole fintas al barro y a la miseria para evitar el golpe de knock-out que, a algunos, les tira la vida en directo.

Su perfil es bien bajo. Típico buen ladrón. Humilde, respetuoso, con carácter. ¿Su delito? Tratar de sobrevivir de la mejor manera posible ante la adversidad. (Si alguien sabe lo que es padecer una necesidad extrema, creo que entenderá a lo que me refiero).

¿Qué tiene de particular Ezequiel? Primero, que habita en la fábrica de muertos en vida, la que en nuestra jerga, y con acierto macabro, llamamos “tumba”. Segundo que es un boxeador de raza y a mí me encanta el boxeo. Ezequiel tiene la pasta necesaria para llegar a ser un gran campeón porque él, como ese deporte, es justo y lleno de vida. Ezequiel tiene una disciplina y un autodominio similar al de los antiguos samurai que transformaban su arte de la guerra en una filosofía de vida para todos sus actos. Se puede nacer para ser un campeón pero los más grandes son hombres que se hacen a sí mismos.

Para entrenar, Ezequiel corre una hora todos los días, además de trabajar y estudiar en la Facultad. Llueva, truene o haga calor salta soga media hora, hace 1000 abdominales, gimnasia aeróbica y rítmica durante dos horas, media más de sombra y la serie de seis rounds, de tres minutos cada uno, para desarrollar mayor potencia, velocidad y exactitud en los golpes. Todo eso lo hace con un par de pesas de medio kilo en cada mano. Ezequiel tiene un solo día de descanso en su entrenamiento.

Sus modales son educados. Es muy buen conversador. Habla claro, bien, reflexivamente y sabe escuchar.

Le pido que me cuente su crianza, su infancia, que me diga algo sobre sus padres.

–Mi infancia fue difícil. Tuvimos que crecer con el miedo y el dolor, mis hermanos y yo, de ver cómo nuestro padre vivía borracho y nos golpeaba a nosotros y a nuestra mamá, cómo nos echaba a la calle. Mamá lo denunció y nosotros no sabíamos qué hacer. Hasta que un día, al ir creciendo, cansados de tanta violencia, terminamos agarrándolo a los cuchillazos. Ahí, entonces, dejó de ser violento.

Me lo dice así, de un tirón, como si para contar eso, tuviera que largarlo de una sola vez. Por lo tajante de su silencio al terminar de hablar, me doy cuenta del dolor que le produce revivir el pasado. Se me hace un nudo en la garganta. Había resultado sufrido desde muy chiquito mi campeón. Y a pesar de comprender su dolor, no puedo cerrar el tema y hago algunas preguntas más.

–¿Te sentiste abandonado por la justicia? ¿Sentiste que la policía hacía la vista gorda al darle vuelta la cara a tu madre?

–Así fue.

–¿No tenés ni siquiera un recuerdo bueno de algún momento compartido con tu padre?

–No. No tengo ningún buen recuerdo. Siempre estaba borracho.

–¿Por qué era así? ¿Sabés?

–Yo creo que se comportaba así porque tenía mucho resentimiento, algún dolor.

–¿Fue tu mamá la que te enseñó a ser tan educado, a tener los buenos modales con los que te manejás en la vida?

–Ella siempre me enseñó a respetar a todos, sea quien sea, incluso hasta con los niños me manejo con el mismo respeto que para con los adultos. Aparte, si quiero respeto, debo ser respetuoso.

Me quedo pensando. Este pibe tiene valores buenos. Se lo digo y le pregunto:

–¿Sentís que le faltaste el respeto, que traicionaste tus principios al haber robado?

Su mirada cambia. Se nota su tristeza. Me contesta que sí, que le molesta no haber aguantado más pero que como fue papá muy joven, a los 16 años, se le fue de las manos la desesperación. Que nadie le quería dar trabajo en blanco por ser menor y que los que se lo ofrecían en negro, eran demasiado explotadores y que le prometían, a cambio de demasiadas horas, un sueldo que no le alcanzaba para nada. Que el sabía que podía llegar a campeón de boxeo y que estaba dispuesto a hacer el sacrificio de abandonarlo para trabajar y mantener a su familia. Pero que al ver el poco dinero que le ofrecían por los trabajos, se desesperó y salió a robar.

–Igual tendría que haber seguido buscando. Estuve mal en salir a robar. Lo único que rescato es que no salí a robar a ningún trabajador y que capaz que si no caía preso, iba a terminar muerto por seguir en la misma. Ahora puedo reflexionar y me doy cuenta que no está bien ir en contra de mis valores. Me propuse firmemente no robar más y recuperar mi entrenamiento para alcanzar la meta y ser un campeón.

Recuerdo a Mike Tyson, el campeón mundial más joven de la historia boxística, que conoció la gloria temprano y luego el infierno, en su madurez, cuando fue a parar a prisión, algo que nunca pudo superar.

–¿Puede ser que esta desgracia que hoy te toca vivir te la tomes como parte del entrenamiento?

Me mira y sonríe de esa forma plena y sincera en la que sólo se sonríe a su edad a la par que el brillo de su mirada se transforma en fuego. Me dice:

–Síííí. ¿Sabés que sí?

Y vuelve a reír, supongo que del placer de que haya dado justo en el clavo. Yo creo que admiré a este pibe desde la primera semana en que me tocó convivir con él, más que nada por su fuerza de voluntad, su disciplina y su conducta humilde y respetuosa para con todos.

El está ahí, todos los días, con su entrenamiento constante, trabajando, superándose en sus estudios, sin perder su cordialidad, su espíritu pleno de camaradería, “cero abusivo” y siempre con una sonrisa a cuestas para regalarle a cualquiera que se acerque a saludarlo, a conversar o a alentarlo. Si antes de esta entrevista admiré a este muchacho por sólo observar su forma de vivir y de superarse día a día en la prisión, ahora, que transcribo nuestra grata conversación, tengo que admitir que me inspira también un cariño melancólico.

Ezequiel representa a nuestra juventud. Una juventud plena de sueños, con felicidad y desilusión, con errores y virtudes. Ezequiel me recuerda a los abuelos inmigrantes, que apostaban todo para hacerse la América pero tratando de no perder su integridad. Lo que este pibe tiene de gran campeón es su constante lucha por no perder su dignidad a pesar de haber cometido un error. Ese es el secreto de todos los grandes campeones, no el de ganar arriba de un ring sino el de más allá de las caídas, mantener siempre la guardia en alto en el cuadrilátero de la vida y luchar hasta el final por defender aquello en lo que creen. Y Ezequiel no cree en el robo. Cree que cometió un error. Cree que se traicionó a sí mismo y a los valores que le enseñó su madre. Cree en trabajar y en remendar su vida y cree que, además, puede cumplir su sueño de ser un gran campeón mundial de boxeo.

EL GRAN ADVERSARIO. Sólo hay algo que me dejó preocupado. Un adversario al que Ezequiel le tiene miedo. El gran contrincante que representa la incomprensión social. Ezequiel tiene miedo de que no entendamos que es un buen pibe que cometió un error y que eso lleve a discriminarlo, a quitarle la confianza.

Yo también tengo miedo. Pertenezco a la fina de los que este sistema transformó en desechos. El encierro no rehabilita. Empeora al punto de que hoy no puedo evitar sentir vergüenza de mí. Pero mi mayor miedo nace por este pibe, que me hace recordar mucho a todo lo que creía en una época en la que mi alma no estaba contaminada por la corrupción a la que se expuso en donde supuestamente debían ayudarme a recuperar lo mejor de mí.

Hoy no busco ninguna oportunidad para mí. Mi última lucha es evitar que a otros pibes les pase lo mismo que a mí y para eso tenemos que ayudarlos a valorar lo bueno que hay en ellos y a sostenerlos firmes en la defensa ante un sistema al que no le conviene que los pibes se rehabiliten. De todos modos, las cosas buenas nunca mueren del todo. Acá estoy, acá estamos, resucitando, de la mano de una generación que dice querer ayudarnos, gente que viene de afuera para ayudarnos a generar un puente de comunicación entre la sociedad y nosotros, para que el silencio nunca más apañe la maldad que nos oprime e impide que nos rehabilitemos.

EZEQUIEL, POR ROBERTO PARROTINO
El boxeo es uno de los pocos deportes que no lo acciona el verbo jugar. El Eze, a quien veo por segunda vez en el taller, dice que sólo le falta la firma de la jueza y que el abogado se mueva más para conseguirla. Burocracia. Ezequiel señala que la vieja lo espera en Villa Lugano, y el viejo entrenador de box en el club Franja de Oro de Nueva Pompeya. Hasta Marcelo Vardaro, un técnico independiente, conoció su historia y se ofreció a ponerlo a punto.

A los 14, Ezequiel ya tenía la licencia de la Federación Argentina de Box. Dejó un récord de peleas amateur y clandestinas que desea engrosar. El sábado a la noche va a escuchar por radio –en el programa Campeones en el ring– la pelea del Chino Maidana ante Adrien Broner. “A Mingo Rafaelli y Damián Pellecchia”, precisa.

Antes de que se calce el cabezal, meta hamburguesas, gaseosas y charlas, me dice que él no es de leer mucho, pero que pidió prestado el libro de Maravilla Martínez –Corazón de rey– y que se lo devoró en tres días. La camiseta de River le contornea la espalda ancha. De pibe, reconoce, no se entrenaba como debía por andar en la joda, y eso que no era –ni es– de escabiar y fumar.

“Si se pudre –le dije mientras caminaba hacia la cancha en la que esperaban los rivales, o sea los internos, sus compañeros de encierro–, vos saltá por mí.” Rió y levantó el pulgar. A centímetros de ese dedo, sobre la articulación, se le movió el tatuaje sin terminar de un par de guantes rojos que se realizó en la cárcel y que podrá, si los días no los cuenta más, terminar en libertad.

FOTO: Tiempo Argentino

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