La víctima

Luciano Jurnet julio 25, 2016 0
La víctima

Por Luciano Jurnet

La rápida derrota de Matías Rueda por nocaut técnico en el segundo asalto ante el mexicano Oscar Valdez representó una página más del libro de las frustrantes noches que han caracterizado a las excursiones de boxeadores argentinos desde, probablemente y salvo excepciones, el retiro de Marcos Maidana (VER). Caídas como la de ayer se han convertido en la regla antes que la excepción en lo que respecta a las oportunidades grandes para los púgiles vernáculos en los últimos tiempos. Resulta propicio, no obstante, no quedarse con “la foto” de la situación e intentar analizar la película, el trasfondo. Tal es nuestra propuesta, utilizando como símbolo el revés sufrido por “La Cobrita”, que no deja de estar enmarcado en un contexto tan homogéneo como sombrío.

Rueda fue la principal víctima de la velada estadounidense, eso está claro, pero no sólo por haber recibido las precisas bombas de un asombroso Valdez, ahora nuevo campeón ecuménico pluma de la Organización. El tandilense fue la víctima de un cocktail explosivo, de una mezcla de decisiones mal tomadas que tuvieron como escena final su rodilla en tierra, acompañada de una mueca de resignación.

¿De qué decisiones estamos hablando? Primeramente, y no es novedad, las del representante de turno. A quien le corresponde ponerse el sayo en esta oportunidad es a Mario Margossian, pero él no es un “bicho raro” en el mundillo de los manejadores, sino que se rige por los mismos parámetros que sus colegas. En tal sentido, incurre en el vicio de engordar las campañas de sus púgiles ante adversarios de poco vuelo, que en ocasiones ni siquiera demandan una preparación óptima para la figurita de turno. Decorado un “escalofriante” récord y apoyado por los muchas veces incomprensibles rankings de las entidades madres (Rueda estaba ubicado 2° en el escalafón de la OMB), usualmente viene la siguiente mala determinación.

Lógicamente gobernados por el “vil metal” que mueve al deporte de los puños y tal vez apoyados en la máxima “los boxeadores no le tienen miedo a nadie y se enfrentan a cualquiera”, los promotores le ofrecen a sus promovidos choques donde conseguir la victoria es, en varias ocasiones, utópico o cuanto menos extremadamente complejo y donde el peor resultado podría no ser tan sólo una derrota en el palmarés sino una repercusión seria en la integridad física de los púgiles. Ejemplos abundan, aunque el más fresco es la insólita pelea de medio pesados entre Ezequiel Maderna, un supermediano natural, y el ruso Artur Beterbiev, noqueador descomunal. En aquella ocasión al argentino se le avisó acerca de la chance solamente con cuarenta días de anticipación y, tan descabellado fue su visto bueno, que su propio entrenador, Alberto Zacarías, se abrió públicamente del desafío a través de un comunicado.

El último ítem achacable a los managers es la falta de inversión. En este aspecto uno no puede ir más allá porque, nobleza obliga, desconoce con exactitud (a pesar de lo que pueda suponer) las finanzas que manejan éstos como para exigirles el desembolso de mayor cantidad de billetes para la preparación de sus luchadores. Sin embargo, el hecho de que Rueda manifestara post derrota que hubiera sido propicio contar con otro tipo de sparrings para un campamento más óptimo apoya en parte este requerimiento.

El concepto anterior se combina y la da el pie al siguiente factor que hizo de “La Cobrita” la principal víctima de la noche yankee. Quizá confiado por sus números y el poder de unos puños testeados casi en su totalidad en terreno local, el equipo encargado de prepararlo para el desafío cometió errores, que tranquilamente pueden haber sido producto de su inexperiencia. Vale la pena citar textualmente al colega de “A La Vera del Ring” Andrés Mooney a este respecto, quien sintetizó a la perfección el panorama: “(…) En noviembre de 2015 el bonaerense estrenó DT: Francisco Pelusa López, quien comandó su esquina en sus dos últimos combates. Sin embargo, ante Valdez lo dirigió Eduardo “Tommy” Zalazar, quien pese a su trayectoria -analista, escritor, ex boxeador y otrora coach del seleccionado nacional- comenzó a trabajar con Rueda desde hace sólo dos meses y debutó en su esquina ahora (…) cuando el peleador argentino se jugaba la ficha más importante de su carrera. Pero la improvisación fue más allá. Porque en el rincón también estuvo, como auxiliar, el periodista Guillermo Favale, amigo personal de Mario Margossian. Favale (…) quizá sepa tanto de boxeo como el que más, dada su condición de ex peleador aficionado. No obstante, cabe preguntarse si esos pergaminos (…) son suficientes para ocupar un rol clave en una contienda de título mundial. El propio reportero aseguró, a fines de 2015, que estaba culminando el curso de entrenador en la Federación Argentina (FAB). La delegación se completó con el preparador físico, Julio Léster; el matchmaker y jefe logístico de Argentina Boxing Promotions, Fabián Martino y, claro, Margossian. No había, en todo el equipo, un cura heridas ni un médico.”

Zalazar manifestó al programa “Planeta KO” de TyC Sports en la antesala al desafío que sería ilógico que cualquier boxeador del mundo fuera a buscar a su pupilo, que éste era uno de los “pegadores más letales del mundo” y que se llevaría el match entre el cuarto y octavo segmento. Tal vez haya sido la inexperiencia anteriormente descrita la que motivó el exceso de confianza, conjurándose ambos y haciendo comprender innecesario, entre otras cosas, la incorporación de sparrings de características disímiles, aquello que el propio campeón argentino pluma expresó post derrota como un déficit en su campamento.

En este contexto y analizadas estas variables, ¿qué podía hacer Rueda? Viendo el combate podría decirse que necesitó mover más la cintura, no permanecer tan erguido y desplazarse más hacia los lados, considerando la potencia y justeza de su rival. Pero, ¿cómo pedirle algo que nunca en su carrera necesitó hacer? ¿Cómo solicitarle la incorporación de herramientas que pocas veces debió usar en sus 26 peleas anteriores? Ese trabajo debió haberse realizado antes de que “La Cobrita” pusiera un pie sobre el ring del MGM Grand. La diferencia de velocidad en el golpeo y el caminar incluso, entre uno y otro, lució abismal. Pero, insistimos, ¿a qué recurso podía haber apelado el tandilense para acortar la brecha? Suele decirse que la manera para que un púgil más lento contrarreste a uno más veloz es estudiándolo y tomándole el tiempo a su andar sobre el cuadrilátero (el llamado timing) para así acertar el envío preciso. Pero el argentino no contó en su entrenamiento con sparrings veloces, él mismo lo dijo. ¿Entonces? ¿Cómo esperar, finalmente, una reacción magistral ante un colega cuya jerarquía ni por asomo había conocido en sus seis años como rentado?

Así las cosas, la única chance para el joven hincha de Boca Juniors parecía estar, tal y como se manifestó en este mismo espacio en el análisis previo al encuentro mundialista (VER), en salir airoso de un posible cruce donde su status de noqueador se impusiera al de su rival. Aquello no pasó y Rueda fue la víctima, la víctima de la improvisación y el desdén que últimamente caracterizan al boxeo argentino.

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